El espejo

Ahora que empieza el verano, cada mañana sale al balcón para respirar ese aire veraniego que tanto le gusta. Mira hacia abajo, donde la gente siempre va con prisa. No se detienen ni un segundo a mirar a su alrededor, o a oler la llegada del buen tiempo. Solo corren, algunos para coger el autobús, otros para comprar el pan, otros para ir a por el coche, pero todos van deprisa. El tiempo es oro. 

Des de su casa parecen hormigas, pequeños seres que trabajan duro y no tienen tiempo para nada más, y mucho menos para mirar hacia arriba y observar que alguien como ella, una chiquilla, les está mirando de buena mañana. Trabajan duro y si alguno llegara a verla no tendría tiempo de analizar quién es o que hace aquí, porque están demasiado cansados, o tienen demasiada prisa para encontrar la respuesta.

Y cuando levanta la vista al edificio de enfrente, ahí está, como cada mañana. Siempre la mira y sonríe. Parece que hace lo mismo, observar, pero la observa a ella, y no a la gente de abajo. Es una señora mayor, de unos 90 años, desgastada, arrugada, de sonrisa cansada y pelo canoso. La chiquilla cree que la señora entiende lo que ve cuando mira a las hormigas, y parece que su sonrisa le anime a ser diferente, a ser la excepción, a valorar cada paso que da y a saborear cada rincón del mundo.

Cada día analiza con cuidado a la misteriosa señora. Le gusta inventarse sus posibles vidas, su posible nombre. Le gusta pensar que es una mujer que ha vivido al máximo, que ha sido muy feliz, que encontró muchos amores fallidos antes de dar con el bueno, y que durante ese camino aprendió el significado de querer a alguien. Puede que viajara por todo el mundo, o que tuviera una vida llena de éxito. Seguro que tiene hijos, nietos y algún bisnieto, y por supuesto habrá tenido animales, como mínimo un perro. Tiene cara de llamarse Ana, Alexandra, puede que Andrea.

En todo caso, le parece una mujer fuerte, a pesar de sus años, y satisfecha. Seguro que luchó hasta el final por conseguir sus sueños, y quizá por eso la mira así, con esa sonrisa de: ánimo, que tú también puedes…

La chiquilla levantó la mano para saludar a la señora, y como cada mañana, esta le respondió inmediatamente, como si sus movimientos estuvieran sincronizados con los suyos. Cogió las llaves para salir a la calle. Tenía recados que hacer. Bajó por el ascensor, aún pensativa y fascinada por la imaginación que tenía al especular con la vida de aquella señora.

Salió a la calle y empezó a andar a paso ligero. Antes de llegar al final de la calle adelantó a un grupo de ancianos que caminaban a paso tranquilo. Ella paró en seco. Se dio cuenta de que las únicas personas que caminaban a paso lento, observando y disfrutando de cada paso, eran las personas mayores. Miró hacia arriba, buscando a la señora de la ventana, pero no estaba.

Como si aquella señora no existiera. Como si nunca hubiera nadie al otro lado del edificio. Como si todo fuera fruto de su imaginación. Como si en vez de mirar a una señora, se mirara a ella misma, delante de un gran espejo y después de muchos años, y las especulaciones sobre la vida de la señora misteriosa, fueran en realidad sueños que aún esperan a ser descubiertos y alcanzados. Recordó la similitud con la que la señora la saludaba, utilizando el mismo brazo y al mismo tiempo.

Sonrió, se dio la vuelta, y continuó caminando…

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